“Velad” (Mt 25, 1-13)
En noviembre, recordamos a los difuntos, y nos acercamos al
fin del año litúrgico. Las lecturas nos invitan a pensar sobre el sentido de
nuestra vida. A velar, mantener la mente despierta para ser conscientes del
rumbo con el que caminamos.
La parábola de las diez vírgenes subraya un aspecto de este
velar: estar preparados, “porque no
sabéis el día ni la hora”. Ese día y
hora tienen sentido final: el fin del mundo y el fin de nuestra vida,
cuando vendrá el Señor definitivamente a nuestro encuentro. Y también tiene
relación con la vida misma, que nos sorprende con situaciones inesperadas. Para
responder ante ellas, ante la vida, es preciso ir preparando nuestro corazón con
actitudes capaces de dar luz. En ese sentido habla el Evangelio de una “provisión de aceite” que nadie nos puede
“prestar”, nadie puede suplir, porque es algo que hemos de cultivar cada uno.
La tradición de la Iglesia ha identificado ese aceite con “las buenas obras” (S. Efrén), la fidelidad, la relación con Dios, desarrollada
a través de la oración, la escucha de la Palabra y el amor fraterno…
¿Qué aceite, qué actitudes he de cultivar y
guardar para que mi vida pueda dar luz, para salir al encuentro del Señor que
viene?
Para ayudarnos a profundizar en lo que significa “estar despierto”, la primera lectura (Sab 6, 12-16) nos habla de la sabiduría. Y el salmo 62 nos invita a orar y vivir desde el deseo de Dios: “Tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti… tu gracia vale más que la vida… velando medito en ti, porque fuiste mi auxilio…”
En la lectura de la primera carta de S. Pablo a los
Tesalonicenses, se habla de la esperanza en la resurrección. Cuando comparamos este
texto, y lo que escribe a los Corintios (1 Cor 15), con lo que, bastante más tarde, dice la 2ª
Carta de S. Pedro (3,9-12 “un día es para
el Señor como mil años, y mil años como un día. Y no es que el Señor se retrase
en cumplir su promesa como algunos creen; simplemente tiene paciencia con
vosotros, porque no quiere que alguno se pierda, sino que todos se conviertan.
Pero el día del Señor llegará como un ladrón…”), podemos descubrir cómo la
comunidad cristiana va profundizando en la comprensión del regreso de Cristo al
fin de los tiempos. Inicialmente, esperaban que llegaría en los años de aquella
misma generación (hay huellas de esta convicción en varios textos del Nuevo
Testamento). Poco a poco comprenden que el tiempo de esa venida es un misterio:
“ni los ángeles ni el propio Hijo saben
el día ni la hora, solo el Padre” (Mt 24, 36). Y que la llamada a la
vigilancia es, sobre todo, una actitud despierta para mantener el rumbo de
nuestra vida, orientada a Cristo, y para descubrirlo y responderle en el
momento presente pues “El mismo Señor que
se nos mostrará entonces lleno de gloria viene ahora a nuestro encuentro en
cada persona y en cada acontecimiento, para que lo recibamos en la fe y por el
amor demos testimonio de la esperanza dichosa de su reino” (Prefacio III de
Adviento).



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