“Tanto amó Dios al mundo” (Jn 3, 16-18)
Las fiestas de la Santísima Trinidad y del Corpus Christi nos invitan a contemplar al Dios que se nos ha revelado en los acontecimientos de la Pascua: en la Resurrección y Ascensión de Jesucristo, y el envío del Espíritu Santo. Y a encontrarnos con Él, en la Eucaristía y en la vida de cada día. Las reflexiones filosóficas sobre cómo Dios es Tres y a la vez es Uno llegaron después. Lo originario es la experiencia que lleva a esta confesión. Una experiencia que nosotros estamos llamados a vivir, y para ello, a comprender lo que implica. De Israel, el pueblo de la Primera Alianza, recibimos la experiencia (forjada a través de siglos, de la experiencia del éxodo, del destierro…) de que Dios es Uno solo (Dt 6,4). Esto nos ofrece perspectiva para mirar nuestro mundo, con tantas divisiones y discordias, este mundo en que a veces vence el mal. Pero en Dios no hay división. Él se revela como misericordioso y leal (como escuchamos hoy en la lectura del Éxodo) encima de nuestros pecados...






