“Yo soy la resurrección y la vida” (Jn 11, 1-45)
Hoy, el Evangelio nos conduce a una confesión de fe fundamental, en medio de paradojas, como las que encontramos en nuestra vida. Juan nos hace ver cómo Jesús es profundamente humano, y se estremece y llora ante la muerte de su amigo y el dolor inconsolable de María y las que lo acompañan. A la vez, hoy manifiesta la fuerza de Dios, capaz de resucitar a Lázaro. Dios se conmueve con nuestras tragedias. Y su compasión no es sólo sentimiento, sino poder que crea vida, la renueva. Juan nos habla también de frustración, de desconcierto. Lo que expresan, reiteradamente, Marta y María: “Si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Nos queda la perplejidad por la demora de Jesús para socorrer a su hermano (y, aunque Jesús se hubiera puesto en camino inmediatamente, habría llegado dos días después del entierro de Lázaro). Podemos ver reflejado, en este episodio, nuestro desconcierto por ante tantas situaciones, ante tantas cosas que ocurren. Marta y María exponen a...



