“Un pueblo que produzca sus frutos” (Mt 21, 33-43)
El canto de Isaías y
la parábola del Evangelio, esbozan la historia de Dios con su pueblo, que se
niega a dar los frutos que se le piden, maltrata a los profetas, y llegará a
matar a Cristo, el Hijo que Dios envía.
No es sólo la historia
de Israel. En nuestro mundo aparece lo que el profeta denuncia: "esperaba
de ellos derecho, y ahí tenéis: sangre derramada. Esperaba justicia, y ahí
tenéis: lamentos" (Is 5,7).
Esta historia nos
interpela a todos, pues en cada uno está la capacidad de dar buen fruto, o dejar
que ese fruto se estropee. El evangelio ofrece una clave: la disposición a dar
fruto, frente a la tentación de querer apropiarse de todo. S. Francisco de Asís
(cuya fiesta celebramos este domingo), nos recuerda que todo cuanto tenemos, lo
hemos recibido de Dios: no sólo los bienes materiales, sino también nuestras
cualidades personales, y la misma vida. Y cuando pretendemos apropiarnos de
ello, quedárnoslo sólo para nosotros, lo estropeamos. Nuestra vida da fruto y
se realiza cuando esos dones se convierten en ofrenda: acción de gracias
a Dios y dones que se ponen al servicio de los demás. De ello habla también la
Plegaria Eucarística III, que pide que el Espíritu "nos transforme en
ofrenda permanente, para que gocemos de tu heredad junto con tus elegidos".
Cabe apuntar que Dios
nos pide frutos, que no es lo mismo que resultados. El "resultado" de nuestros esfuerzos
depende de muchos factores, a veces ajenos a nosotros. Y también escapa a
nuestros cálculos. La vida de algunos santos, como Teresa de Lisieux y Charles
de Foucauld, podía parecer un fracaso sin resultado, y sin embargo han tenido
una extraordinaria fecundidad y capacidad de dar luz a otros.
En el Nuevo
Testamento, los frutos se refieren, más bien, a las actitudes. Así, dice San
Pablo (Gálatas, 5, 23) que "el fruto del Espíritu es amor, gozo,
paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza"...
Hoy nos invita también a cultivar, junto con la oración confiada, una serie de
actitudes: "todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, todo
lo que es virtud o mérito" y poner en obra "lo que
aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí" (Flp 4, 8-9).
Vale la pena que preguntarse
¿qué frutos me pide Dios? ¿Qué frutos pide la realidad que me rodea? ¿Qué
frutos puede (y pide) dar mi vida?
En la Escritura hay
otro pasaje que habla de una viña y puede iluminar el de hoy: Jn 15 1-10, Jesús es la vid verdadera, y nosotros los
sarmientos, que, unidos a Él, podemos dar fruto. Frente a la tentación de un
voluntarismo basado en las propias fuerzas (otra vez, el quedarnos en nosotros
mismos), nos dice hoy Jesús que Él es la piedra angular (Mt 21, 42), sobre la
que podemos construir.



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