“Salió el sembrador a sembrar” (Mt 13, 1-23)
La parábola del sembrador nos
habla de la fuerza de la Palabra de Dios, semilla que ha de dar fruto
abundante. En primer término, es una llamada a la confianza, con el ejemplo de
ese sembrador que, a pesar del fracaso de los primeros intentos, no deja de
sembrar: al fin encuentra una cosecha sobreabundante (en aquel tiempo, una
cosecha del siete o del diez por uno era buena. Y el evangelio habla del
ciento, setenta y treinta por uno). La Palabra de Dios, como nos dice Isaías,
es fuente de fecundidad, tiene la fuerza creadora de Dios, y produce fruto.
Con la explicación de la parábola
(Mt 13, 10-23), este Evangelio nos muestra también que la Palabra de Dios tiene
una riqueza de sentidos: sin perder el significado original, despliega nuevos alcances, porque es Palabra
Viva. La explicación de la Parábola del Sembrador es una nueva interpretación
de la misma, que conecta profundamente con la experiencia de los discípulos (a
lo largo del Evangelio, veremos cómo a veces no entienden a Jesús, o en el caso
de Pedro, responden con un entusiasmo que sucumbe ante la dificultad…) Y nos llama,
a nosotros, a reflexionar sobre cómo acogemos la Palabra.
¿Qué tipo de tierra es mi corazón? ¿Cómo he de cultivarla
para que llegue a ser tierra buena?
En estos días de la Novena del Carmen, el Carmelo vuelve la
mirada a María, la que "guardaba
todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc 2, 19, y de nuevo
Lc 2, 51). Ella es modelo de esa escucha de la Palabra de Dios, que nos lleva a
encarnarla en nuestra vida, en actitudes evangélicas.
"Una palabra
habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en
silencio ha de ser oída del alma."
(S. Juan de la Cruz. Dichos de luz y
amor)



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