“Dejadlos crecer” (Mt 13, 24-30)
Jesús sigue hablando con imágenes sugerentes. Y, de nuevo,
encontramos una parábola y luego una explicación que la convierte en alegoría (va
dando un significado a cada elemento) y le da un sentido nuevo, esta vez para
indicar que paciencia de Dios no es indiferencia, que no tienen el mismo
destino el trigo y la cizaña.
El sentido primero de la parábola, con todo, nos invita a
confiar con realismo. El Reino de los cielos se parece a un granito de mostaza,
a una mínima medida de levadura, y a un campo de trigo, en el que también hay cizaña.
A pesar de la presencia de cizaña y de la pequeñez, encierra una fuerza
fecunda, capaz de transformar todo: “basta
para que todo fermente”.
Nos habla también del modo de actuar de Dios. A veces, nos
puede desalentar o escandalizar el mal que crece en el mundo (y también en la
Iglesia. Y, en fin, en el corazón de cada uno de nosotros), y cómo se mezcla y
enreda con el bien. También, a veces, un afán excesivo de limpiar lo malo puede
llevar actitudes demasiado críticas, a “arrancar
también el trigo”. Dios sin embargo, enseña “que el justo debe ser humano” (Sab 12, 19). Apuesta, sobre todo, por
el crecimiento del bien.
Actualmente, también algunos psicólogos indican que el
incidir sobre lo bueno de una persona (reforzar las actitudes positivas,
cultivar las capacidades y dones…) da más fruto que el esforzarse en eliminar
los defectos (aunque esto tampoco se pueda descuidar).
S. Agustín, al comentar esta parábola, subraya la necesidad
de un discernimiento atento, y con capacidad de autocrítica: “a veces se cree que algunos son trigo, pero
son cizaña; o se cree que algunos son cizaña, pero realmente son trigo” (como
dice el Evangelio, “por sus frutos los
conoceréis” Mt 7, 16). Sobre todo, señala la oportunidad de conversión: “quien encuentre que es cizaña, no tema
cambiar… Dios te ha prometido el perdón” (Sermón 73 A).
A esa llamada a la conversión, confiada en la misericordia
de Dios, apunta hoy la liturgia, al acompañar este Evangelio con el Salmo 85 y
con un pasaje de la Sabiduría que hablan de la misericordia de Dios, “pues concedes el arrepentimiento a los
pecadores” (Sab 12, 19). Y, de otra manera, la carta los Romanos, al hablar
del Espíritu que “acude en ayuda de
nuestra debilidad” e “intercede por
nosotros”.
¿Qué fruto puede dar tu vida? ¿Cómo crecer?
“un celo de la perfección muy grande, muy bueno
es; mas podría venir de aquí que cualquier faltita de las hermanas le pareciese
una gran quiebra y un cuidado de mirar si las hacen, y aun a las veces podría
ser no ver las suyas por el gran celo que tiene de la religión. (...) Lo
que aquí pretende el demonio no es poco: que es enfriar la caridad y el amor de
unas con otras, que sería gran daño. Entendamos, hijas mías, que la perfección
verdadera es amor de Dios y del prójimo y, mientras con más perfección
guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas. (...)
Dejémonos de celos indiscretos que nos pueden hacer mucho daño; cada una se
mire a sí"
Santa Teresa de Jesús, Las Moradas, I, 2, 16-17



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