El que pierda su vida por mí la encontrará (Mt 10, 37)

 

Las palabras de Jesús, hoy, tienen como contexto el envío evangelizador, que conlleva identificarnos con Jesús ("el que os recibe a vosotros, me recibe a mí"), y la hostilidad del mundo a su mensaje. También la forma de hablar judía, tajante y radical. Conviene comprender su sentido. No es que el amor de Dios entre en "competencia" con el amor a la familia. Dios nunca es rival del ser humano. Él ama a cada persona más incluso que sus padres o sus hijos. La primacía del amor a Dios no "hace de menos" los otros amores, sino que los ordena, y los ayuda a crecer en plenitud. Desde Dios, el amor a los padres, a los hijos, a los cónyuges, los hermanos... crece en vitalidad, en capacidad de compartir, en horizonte y apertura hacia los demás, en libertad para no atrapar...

Con todo, a veces hay conflicto. Entre los primeros cristianos, hubo quienes sufrieron el rechazo de sus familias por su fidelidad a Cristo. Tuvieron que elegir.

Eso sigue ocurriendo hoy. Con frecuencia, de manera menos radical y explícita, pero también real: los lazos familiares, a veces, se pueden convertir en ataduras de chantajes afectivos, de actitudes (egoísmos de grupo, celos, enemistades…) que un seguidor de Cristo no puede aceptar. 

Jesús invita a optar con radicalidad, de raíz: poner la vida en juego. Aceptar el riesgo de "perder la vida" por Él. Porque seguir a Cristo (renunciar a buscar el propio interés por encima de todo, renunciar a la violencia y la mentira, perdonar…) también implica una serie de actitudes que, desde los criterios de nuestro mundo, pueden entenderse como "perder". Implica una manera diferente de afrontar la vida. Por eso, también, Pablo habla de andar en una vida nueva. ¿Qué puede significar esto, hoy, para mí? ¿A qué he de morir?

Jesús nos habla de cargar la propia cruz y seguirle. Esta expresión también nos remite a nuestra vida personal, a las "cruces" concretas que encontramos, y nos habla de un seguimiento de Cristo que se encarna en lo cotidiano. 

A la vez, estas palabras llevan dentro una esperanza y una experiencia de luz. No afrontamos nuestras dificultades y riesgos en solitario, sino siguiendo a Jesús, apoyados en Él, el que "nos amó primero" (1 Jn 4,19), que siempre está cerca de nosotros y toma la iniciativa. Afrontado con Él nuestras cruces, "viviremos con Él", encontraremos nuevos caminos, maneras fecundas de vivir nuestra realidad. La invitación a la radicalidad de este evangelio también conlleva un anuncio de la generosidad de Dios que comprende nuestra limitación y recompensa hasta el más pequeño esfuerzo. 

Porque el aprovechar no se halla sino imitando a Cristo que es el camino y la verdad y la vida, y ninguno viene al Padre sino por él, según él mismo dice por San Juan (14,6 y 10,9). Y en otra parte dice: Yo soy la puerta; por mí, si alguno entrare, salvarse ha. De donde todo espíritu que quiere ir por dulzuras y facilidad y huye de imitar a Cristo, no le tendría por bueno.

(San Juan de la Cruz, Subida del Monte Carmelo, II,  7,8)



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