“Yo soy la puerta” (Jn 10, 1-10)

 

El domingo pasado veíamos a Jesús acompañar a los discípulos de Emaús, y conducirlos de nuevo a la comunidad, iluminados por su presencia y su palabra (por la fe) desde dentro del corazón.

Así es pastor Jesús. Hoy, el Evangelio nos habla de esa relación personal, que es de confianza (“el va llamando por el nombre a sus ovejas… y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz”) y de libertad: “quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”.

Jesús utiliza la imagen del pastor, muy querida en el mundo de la Biblia, de Israel. De hecho, aquellos que fueron guías del pueblo y lo condujeron de parte de Dios, fueron también pastores, como Moisés (Ex 3,1) y David (1 Smuel 16,11). Como decía Aafrates, un padre de la Iglesia (s.III-IV) , porque quería que primero aprendiesen el oficio de quien debe preocuparse de las ovejas, fatigarse de día y vigilar de noche, sufrir las inclemencias del tiempo, defenderlas…

Para nosotros, términos como “rebaño” u “oveja” pueden tener connotaciones negativas (despersonalización, falta de pensamiento autónomo…). En el Evangelio de hoy, vemos que Jesús es Pastor que tiene relación personal con los suyos, y los hace crecer en libertad, realizarse totalmente. Jesús presenta hoy unas claves para discernir al guía auténtico del falso: la búsqueda del beneficio personal o el interés por la persona, y los frutos de esa labor: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Utiliza otra expresión sugerente: “Yo soy la puerta”. Puerta al espacio de Dios (el término que se ha traducido como redil, no se utiliza en la Biblia para hablar de un redil de ovejas, pero sí, p. ej., del atrio del templo, donde Jesús acaba de curar al ciego de nacimiento). Puerta a la vida. Puerta siempre abierta, para que podamos movernos con libertad.

Apoyados en el Buen Pastor, guiados por Él, es posible, incluso, afrontar el sufrimiento (cuando aparece en nuestras vidas) sin dejar de hacer el bien. De ello habla el pasaje de la I Carta de Pedro, que escuchamos (1 Pe 2, 20-25). No es que Dios desee que suframos: Él ha entregado a su Hijo, que vivamos en plenitud. Es que, sostenidos por El, “pastor y guardián de vuestras almas”, cuando nos alcanza el dolor o la injusticia, (“cuando sufrís por hacer el bien”), encontramos fuerza para no rendirnos al mal (“que aguantéis… eso es una gracia por parte de Dios”). Como Jesús , el que “pasó haciendo el bien” (Hch 10, 38), el que nos ha amado hasta padecer por nosotros “dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas”. Huellas que llevan a la Vida Nueva. 

“Siempre cuando tornareis, os tendrá la puerta abierta. Una vez mostradas a gozar de este castillo, en todas las cosas hallaréis descanso, aunque sean de mucho trabajo, con esperanza de tornar a él, que no os lo puede quitar nadie.
Aunque no se trata de más de siete moradas, en cada una de éstas hay muchas: en lo bajo y alto y a los lados, con lindos jardines, y fuentes, y laberintos y cosas tan deleitosas, que desearéis deshaceros en alabanzas del gran Dios, que le crió a su imagen y semejanza”.

          Teresa de Jesús, Las Moradas, Conclusión



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