“Para que tengáis vida en su nombre” (Jn 20, 19-31)
Juan señala hoy el sentido de su
Evangelio, y, particularmente, de los relatos de la Resurrección. No se trata,
meramente, de transmitir una información. Estos relatos son puentes para que
nosotros lleguemos a Jesús, para que nos encontremos con Él. Para alimentar
nuestra fe, que es encuentro personal. Encuentro sin ver, como hoy dicen el
Evangelio y la carta de Pedro, porque esta relación no se basa en unas pruebas irrefutables
que garantizan seguridad, sino en una confianza que genera vida. Así son las
relaciones humanas (la amistad, el amor…). Encuentro que transmite la Paz de
Jesús, su alegría, y nos convierte en enviados, capaces de transmitir su perdón
y participar en toda su misión y en la experiencia de amor que la fundamenta,
la que Jesús vive (“Como el Padre me ha
enviado, así también os envío yo”).
Hay en el Evangelio de hoy una
reiterada alusión a las llagas de Jesús. Muestran que el Resucitado es el mismo
que dio su vida en la cruz, donde se unió a todos los crucificados y asumió los dolores y dificultades de la humanidad. El
Resucitado no es ajeno a todas esas realidades. Las sigue llevando en sus manos
y en sus pasos, para derramar sobre ellas su misericordia. Ello nos invita
también a poner nuestras propias heridas en diálogo con Él. Podemos
experimentar cómo la acción de Dios en nuestra vida transforma heridas y
dificultades en experiencia de su creatividad para dar vida, y de su amor.
Y la referencia al Espíritu, que transmite todo lo de Jesús
y nos hace capaz de vivirlo: su : su paz, su alegría, su palabra, su amor. Pascua
es tiempo del Espíritu. Se nos invita a tomar conciencia de su obrar. A
invocarlo, a disponernos a su acción:
lo hacemos cultivando la humildad y buscando la verdad; perdonando e intentando
vivir desde el amor, con actitud de servicio; cultivando actitudes de
gratuidad.
“Este cauterio es aquí
el Espíritu Santo, (…) es a saber, fuego de amor (…)
El cauterio del fuego
material en la parte do asienta siempre hace llaga, y tiene esta propiedad: que
si sienta sobre llaga que no era de fuego, la hace que sea de fuego. Y eso
tiene este cauterio de amor, que en el alma que toca, ahora esté llagada de
otras llagas de miserias y pecados, ahora esté sana, luego la deja llagada de
amor; y ya las que eran llagas de otra causa, quedan hechas llagas de amor.
Pero (…) la llaga del cauterio de amor no se puede curar con otra medicina,
sino que el mismo cauterio que la hace la cura, y el mismo que la cura,
curándola la hace. Y de esta manera ya toda cauterizada y hecha una llaga de
amor, está toda sana en amor, porque está transformada en amor. (…) Por eso
dice el alma bien aquí: ¡Oh llaga regalada! (…) ¡Oh dichosa llaga, hecha por quien no sabe
sino sanar!
S. Juan de la
Cruz, Llama de Amor Viva, 2, 2,7-8



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