“Junto a la cruz de Jesús” (Jn 18-19)

Contemplamos hoy a Jesús en la cruz. Nos dejamos interpelar por Él.

Jesús es rechazado porque habla del amor de Dios, sin rechazar a nadie, en un mundo atravesado por divisiones y enfrentamientos (judíos y gentiles, fariseos y paganos…), en aquella sociedad que justificaba la exclusión de pecadores, leprosos, enfermos… Es condenado a muerte por pasar dando vida. Por eso, su cruz pone en evidencia la violencia y falta de justicia y verdad de nuestro mundo.

Juan, en el Evangelio, nos muestra el enredo de manipulaciones que decide la muerte de Jesús (los sumos sacerdotes hacen que Pilatos elimine a Jesús, aunque sabe que es inocente, y él consigue que ellos declaren “no tenemos más rey que el César”) y nos muestra a Jesús como Juez, que, ante Pilatos, es capaz de interpelarlo (“No tendrías contra mí ningún poder, si no se te hubiera dado”). Jesús interpela y denuncia a nuestro mundo, que sigue embarcándose en guerras (¡intentando justificarlas, incluso!). Y Él, que se había identificado con los vulnerables, los pobres, (Mt 25, 35-45), en su muerte, se hace uno con los últimos, con los rechazados y con todos los que sufren. Hoy se nos invita a mirar la cruz pensando en tantas personas que, en tantos lugares sufren la violencia y la injusticia. Y también los que sufren por la enfermedad, o por otras causas.

A la vez, Juan, en este relato, sin esconder los escarnios y el sufrimiento de Jesús, va dejando señales de su divinidad, que anuncian que su cruz es, paradójicamente, victoria sobre la muerte (los guardias que caen rostro en tierra cuando él dice “Yo Soy”, la repetida referencia a él como rey, y su propia proclamación como rey de la Verdad, la entrega del espíritu…). Una victoria que resplandecerá cuando el Resucitado salga al encuentro de los discípulos.  

Jesús, el Hijo de Dios, crucificado, nos habla de que Dios que vence de una manera incomprensible para nosotros: no imponiéndose desde arriba, sino haciéndose solidario a los que sufren. Infundiendo vida y creando caminos nuevos, en medio de toda situación, también de las de sufrimiento y muerte.

Y nos deja a María como madre. Para que la recibamos como “algo propio” (Jn 19, 27).  Para que, ella que guardaba las palabras de Jesús y las meditaba en su corazón, nos ayude a mirar al crucificado, a escuchar su voz, y guardarla en el corazón, incluso aunque no comprendamos muchas cosas. Así nos disponemos a acoger al Resucitado, a dejarnos iluminar por su Espíritu.

 

"La hora de nona será el momento en el que Jesús va a pro­nunciar la frase del salmo 22: "Dios mío, Dios mío para qué me has abandonado". Jesús la pronuncia en arameo. Estas palabras han dado pie a numerosas interpretaciones. Muchos han supuesto simplemente que Jesús murió recitando el salmo 22. Otros han visto en estas palabras un grito de desesperación. Pero esto no hace justicia al texto, pues esas palabras son el ini­cio del un salmo en el que al final quien las pronuncia en momentos de abandono se abre a una gran confianza en Dios. Sin duda alguna, Marcos quiere decir que Jesús ha muerto con el espíritu del salmo 22 (…)

Con esas palabras algunos piensan que Jesús llamaba a Elías. En efecto, en el versículo 11 se lee Elí atha: mi Dios, tú. Esta expresión pronunciada por un moribundo crucificado pudo sonar en los oídos de algunos Elyah tha, en arameo, que ciertamente significa Elías ven. Jesús recitaría el salmo en hebreo y Marcos nos da la fórmula aramea; pero se refiere sólo al comienzo del salmo porque era como el título del mismo. 

Pudo recitar todo el salmo, pero lo que llamó la atención a los oyentes fue este versículo, o mejor las palabras de este versículo a las que nos hemos referi­do. El versículo 11 dice así: "A ti me confiaron al salir del seno, desde el vientre materno tú eres mi Dios". (…) Pdemos decir que Jesús murió con el Abbá en los labios. El salmista recuerda que desde la infancia y aun antes Yahvé ha sido su Dios.

Las primeras palabras hacen alusión al abandono. Quizás Marcos nos quiera decir que a ese abandono tan tremendo Jesús respondió con un supremo grito de confianza pronunciando el Abbá".

             (Secundino Castro, El sorprendente Jesús de Marcos)

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