“La Luz del mundo” (¿También nosotros estamos ciegos?) (Jn 9)
El capítulo 9 de San
Juan se expresa con paradojas. Así, Jesús dice que "para un juicio he venido yo
a este mundo: para que los que no ven, vean, y los que ven, queden ciegos". Él cura al ciego, y
pone en evidencia la ceguera de los fariseos, cada vez más obstinada.
Y nos interpela con la pregunta final: “¿también nosotros estamos ciegos?”. Juan habla de muchas cegueras, de miradas desenfocadas en las que, tal vez, podemos reconocernos:
- Cuando, ante el mal, buscamos culpables (“¿quién pecó, este o sus padres?”) en vez
de preguntarnos qué podemos hacer (“Tenemos
que trabajar en las obras del que me ha enviado". Esa actitud es,
además, la que ayuda a descubrir cómo “se
manifiestan las obras de Dios”)
- Cuando pasamos junto a los pobres sin verlos, como aquella gente que no acertaba a reconocer a quien había
estado ante ellos, todos los días, pidiendo limosna.
- Cuando preferimos "mirar para otro lado", como los padres del ciego ("Preguntádselo a él, que es mayor... porque
tenían miedo")
- Cuando nos obcecamos (por orgullo, prejuicios, o por otras
causas) y dejamos de ver lo evidente, como los fariseos que se fijaban en la ley
del sábado, y no veían el signo que Jesús había hecho.
Podríamos añadir más formar de mirar sin ver (Mt 13, 13-15). Lo importante, con todo, es el
itinerario de sanación que Juan narra. Ese ciego era alguien que vivía en la
oscuridad, en la dependencia, en la marginación (se le consideraba “empecatado de los pies a la cabeza”), y
va haciendo un camino, en el que Jesús ha tomado la iniciativa: a principio no
sabe dónde está Jesús, pero llegará a confesarlo (aun a precio de ser
expulsado) y a encontrarse con Él, y a reconocerlo ("Creo, Señor").
Es un camino de renovación, de creación (por eso Jesús, como
Dios en el principio, hace barro y se lo coloca en los ojos). Es un itinerario
bautismal (por eso dice: "lávate en
la piscina de Siloé -que significa enviado-"). Se nos propone a
nosotros, que en el bautismo hemos recibido un don, para que lo hagamos vida.
Jesús es la Luz del Mundo. Una luz que transmite la
misericordia, el amor de Dios, y llena de paz (“En la Palabra estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”
Jn 1, 4). Se nos invita a poner nuestras vidas a esta luz (reconociendo
nuestras sombras, desenredando nuestros recovecos interiores…), para dejarnos
iluminar por Él, que “mira el corazón” (1
Samuel 16,7). Así podemos llegar a “ser luz por el Señor", (Ef 5,8). Iluminados
por Jesús, podemos "trabajar",
involucrarnos en la obra de Dios (Jn 9,4-5). Podemos ser aprender a mirar como
Él, y ser luz con nuestras actitudes.
Podemos también leer el
capítulo 9 de Juan, desde la experiencia de San Pablo, que tiene varios paralelismos:
un fariseo que, en el camino de Damasco, fue cegado por la luz de Jesús, para abrir los ojos desde la fe
(Hch 9, 3-18).


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