“Para dar plenitud” (Mt 5, 17-37)
Jesús se enfrenta, a veces, con los fariseos y escribas:
para curar en sábado, salvar a una mujer condenada a muerte por adulterio...
hoy escuchamos el sentido de esto, que no es una "rebaja" de las
exigencias de la Ley; sino, precisamente, su realización plena. Jesús es, la
Palabra definitiva del Padre, que nos da la clave para comprender toda la
revelación anterior: "el Hijo Único, que está en el seno del Padre, nos
lo ha dado a conocer" (Jn 1, 18). Y por eso “habla con autoridad” (Mt
7, 28-29), con ese “pero yo os digo”
que precisa y señala el sentido de la Revelación ya conocida.
Una plenitud que es radicalidad: “si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no
entraréis en el reino de los cielos”. Y una radicalidad que no es cumplimiento
minucioso de preceptos, sino ir a su raíz: aquí, Jesús habla de la renuncia a
toda forma de violencia (también la verbal), y la búsqueda de la
reconciliación; el respeto a la persona y a la familia, que ha de purificar la
mirada; la opción por el amor, incondicional y definitiva, que funda la familia
y le da solidez; la sinceridad. En otros momentos hablará de la generosidad
frente a la codicia (Lc 12, 15; Mt 25), y otros temas. Jesús llama a vivir estas
actitudes desde el corazón. Y a cortar de raíz con cuanto se opone a ellas.
Nos llama a evitar la hipocresía y el autoengaño de quien
cumple la Ley “hacia fuera”, en lo más visible, pero mantiene actitudes contrarias.
Y también el cinismo de quien asume el mal y el pecado como algo “normal”. Un
poco más adelante lo dirá: “sed perfectos
como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt 5, 48)
El texto con que S. Lucas transmite este discurso de Jesús, añade
un matiz que ayuda a comprender en qué consiste esa perfección: “sed
misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6, 36).
Si se saca d contexto, el pasaje de Mateo que hoy escuchamos, con las
hipérboles y el lenguaje tajante típicamente judío, podría dar sensación de rigorismo.
Pero hay que entenderlo mirando el obrar de Jesús, que dijo a la adúltera “Yo tampoco te condeno” (Jn 8, 11) y a la
pecadora, “quedan perdonados sus muchos
pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor
muestra” (Lc 7, 47-49). La clave es la misericordia de Dios, que perdona
nuestras debilidades y errores. Y, precisamente, descubrir este amor gratuito de
Dios y abrirnos a él, es lo que nos hace más capaces de ir transformando
nuestra vida y purificando nuestras actitudes. Con una confianza que nos ayuda a vivir en paz, y un deseo de seguir creciendo en su amor que nos impulsa.
Jesús nos invita a “entrar
en el reino de los cielos”, en la vida que Dios nos ofrece, entrando en una
nueva forma de relacionarnos con Él: acogiendo su amor, y dejándonos
transformar por Él, para reflejarlo en nuestras obras. Ese amor salvador de
Dios es la Ley que ha de cumplirse. La que prevalecerá, a pesar de los avatares
del mundo.
“De muchas maneras trata paz el Rey nuestro y amistad con las almas,
como vemos cada día, así en la oración como fuera de ella (…) no desmayéis, que con cualquier amistad que
tengáis con Dios, quedáis harto ricas, si no falta por vosotras. Mas para
lastimar es y dolernos mucho los que por nuestra culpa no llegamos a esta tan
excelente amistad y nos contentamos con poco. (…) os he dicho esto muchas
veces, y ahora os lo torno a decir y rogar que siempre vuestros pensamientos
vayan animosos, que de aquí vendrán a que el Señor os dé gracia para que lo
sean las obras. (…) poco os falta
para la amistad y paz que pide la esposa. No dejéis de pedirla con lágrimas muy
continuas y deseos; haced lo que pudiereis de vuestra parte, para que os la dé”.
Teresa de Jesús, Meditaciones sobre los Cantares, 2,
16-17. 30
“¡Oh, qué [dicha] tan grande será alcanzar esta merced!, pues es
juntarse con la voluntad de Dios, de manera que no haya división entre él y
ella, sino que sea una misma voluntad, no por palabras, no por solos deseos,
sino puesto por obra”.
Meditaciones, 3,1


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