“Este es mi Hijo, el amado. Escuchadlo” (Mt 17, 1-9)
La Cuaresma nos ofrece una colección de textos llena de hondura.
Cada domingo, la primera lectura nos va accercando a los principales momentos
de la historia de la salvación, que también hablan de dimensiones de nuestra
vida: la creación y el pecado, Abraham (el padre
de los creyentes), el Éxodo, la elección de David como rey, el mensaje de los
profetas y el exilio…
La segunda lectura presenta reflexiones fundamentales de
Pablo. Hoy (2 Timoteo 1, 8-10) ilumina el sentido de la acción y el compromiso
del cristiano: es respuesta a la iniciativa gratuita de Dios, a través de Cristo
“que destruyó la muerte e hizo brillar la
vida por medio del Evangelio”.
“Él nos salvó y nos
llamó…”. Por eso se nos invita: “toma
parte en los duros trabajos del Evangelio”. “Trabajos” en el doble sentido
que tenía esta palabra: labor y fatiga-padecimiento. Lo que da sentido a nuestra labor no será
tanto el resultado, la eficacia (“no por
nuestras obras…”) sino el unirnos, en el esfuerzo y en las dificultades del
seguimiento, a Jesús, el que nos salva. Es la fuerza misteriosa del Evangelio: fuerza
de Dios en nuestra debilidad (2 Cor 12,9), y luz, que ilumina, desde dentro,
caminos vividos en la oscuridad del anonimato o de los sufrimientos e
incertidumbres de la vida.
Esa luz es la de la Transfiguración. Acontece en la noche: “seis
días después” Mt 17,1) de que Jesús anuncie a los discípulos que su camino
va a la cruz, y diga: “si alguno quiere
venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga” (Mt
16,24). El camino de Jesús se había vuelto oscuro y difícil para los discípulos
(¿qué sentido puede tener un camino de cruz?). Pero en ese monte (que recuerda
al Sinaí, donde Dios se reveló al pueblo de Israel), se muestra que ese camino
es el que lleva a la Luz de la Resurrección. Y que Jesús es la plenitud de la
Revelación (por eso Moisés y Elías, “la
Ley y los Profetas” dialogan con Él). Más aún, es el “Hijo amado” del Padre: “¡escuchadlo!”
La primera palabra que Jesús les dice es: “Levantaos, no tengáis miedo”. Y los
lleva de nuevo a la llanura, en medio de la gente y las tareas cotidians. El
sentido de ese momento de contemplación no es “quedarse en el monte” (como pretendía Pedro) sino seguir a Jesús en
la vida y sus dificultades, sin miedo. Con la confianza en la misericordia de
Dios que expresa el salmo de hoy (salmo 32). Con la fe con la que Abraham, nuestro padre en la fe, responde a ese “Sal de tu tierra… hacia la tierra que te
mostraré” (Gen 12, 1).


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