“El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 1-18)
- El libro del Eclesiástico reflexiona sobre la Sabiduría,
que el pueblo de Israel identifica con la Ley, la Torah (los libros de Génesis,
Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio, que son el fundamento del judaísmo). Sabiduría
que está presente en la Creación, y que, a través de la Ley, de la Palabra de
Dios, es presencia de Dios en medio de su pueblo, para iluminar su vida.
- Juan da un paso más: esta Sabiduría (el término que usa es
Logos, que se traduce también como “Palabra”, o “Verbo”, para subrayar su carácter activo) no es algo creado (como
pensaba el Antiguo Testamento), sino Dios mismo, el Hijo de Dios. Y es
Jesucristo, el que nació en Belén y murió en la cruz. Juan prologa su Evangelio
afirmando que Jesús es Hijo de Dios. Esta fe brota de la experiencia: “Hemos contemplado su gloria: gloria como del
Hijo único del Padre, lleno de gracia y de verdad”. Como dice el mismo Juan
en su primera carta “lo que hemos oído,
lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras
manos… pues la Vida se manifestó… os lo anunciamos para que también vosotros
estéis en comunión con nosotros: y nosotros estamos en comunión con el Padre y
con su Hijo Jesucristo” (1 Jn 1, 1-3). Es la experiencia que Juan y los demás
discípulos viven junto a Jesús, primero en su predicación, y después ante la
cruz, y la experiencia de Cristo Resucitado, que los introduce también a ellos
en la Vida Nueva de hijos de Dios. Una experiencia que Juan nos transmite para
que nosotros también, uniéndonos a Cristo, lleguemos a conocer a Dios (conocerlo
en verdad, en hondura), y a ser sus hijos.
- En su Hijo, Dios nos ofrece la Verdad y la Gracia. La
carta a los Efesios insiste en esta generosidad de Dios, que nos ha bendecido,
nos ha elegido para que participemos de su Vida, nos ha destinado a ser sus
hijos. Y pide a Dios que nosotros lleguemos a comprender la riqueza de esta
esperanza y esta vida que se nos ofrece y que está en nuestras manos acoger,
uniéndonos a Cristo por la fe, por la oración, por la práctica de sus
enseñanzas, por los sacramentos, por la comunidad.
El Evangelio de hoy ofrece muchos otros temas para meditar.
Uno es que el Hijo de Dios, el Logos,
se hace carne. En el mundo judío, carne se refiere al ser humano en cuanto
ser frágil, caduco, necesitado. Frente a nuestras tentaciones de
autosuficiencia, Dios nos ofrece la plenitud de vida asumiendo toda nuestra
realidad, e invitándonos a asumirla, unidos a Él.
Otra “trama” de este pasaje es la relación entre Jesús y
Juan el Bautista. El grupo de discípulos de Juan el Bautista se mantuvo varias
décadas, y coexistió con las primeras comunidades cristianas (Hch 19, 3). Por
eso el evangelista señala el lugar de Juan el Bautista en la historia de la
salvación: “éste venía como testigo, para
dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por medio de él. No era él la
luz, sino el que daba testimonio de la luz”.
Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


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