"A ver si da fruto... " (Lc 13, 1-9)
Hace años, me impresionó esta reflexión de una amiga esta
reflexión: la facilidad con la que respondemos con consejos cuando alguien nos
cuenta un problema, a veces, es una “defensa
inconsciente” ante la angustia que a nosotros mismos nos provoca el oírlo. Necesitamos sentirnos en un mundo
seguro, donde todo tenga explicación. Y tendemos a pensar que, cuando a alguien
le sucede una desgracia, es porque, de algún modo, cometió algún error. En el mundo
judío, esta tendencia se expresaba en el pensamiento de que las desdichas son consecuencia
de un pecado. El Antiguo Testamento recoge esta idea, y también la cuestiona (de
ello habla el libro de Job). A ello se refiere Jesús, al hablar de las víctimas
de la torre de Siloé y de la crueldad de Pilatos.
Recibimos a diario noticias de desastres y tragedias, y
pensamos que sólo les ocurren a otros. Tendemos a vivir en una seguridad
ilusoria, relacionada con la indiferencia con que podemos mirar los dolores
ajenos, con la superficialidad e inconsciencia de nuestra cultura. Por eso, S.
Pablo, en la carta a los Corintios (hablando de cristianos que se sentían muy
seguros de sí mismos y participaban en actitudes y en actividades paganas)
advierte: “el que se crea seguro, cuídese
de no caer” (1 Cor 10, 12). Pero la realidad tiene una vertiente trágica,
que, antes o después, de una u otra forma, nos alcanza a todos. ¿Estamos
preparados, sabemos situarnos ante esa parte de la vida?
Por eso, hoy Jesús llama a la conversión. Para comprender lo
que significa, hemos de ir más allá del típico pensamiento, que muchas veces se
centra en el arrepentimiento por algunos pecados concretos. Tampoco se trata de
vivir con miedo (conciencia, sí, pero no miedo). Se trata de un cambio de
mentalidad, de orientación de la vida entera.
El pasaje del Éxodo que hoy escuchamos nos ofrece una clave para esa reorientación: Dios llama a Moisés, le encomienda la misión de liberar y guiar al pueblo, y entonces le revela su Nombre. Es un nombre misterioso, que trasciende nuestros conocimientos (soy el que soy), pero a la vez está revelando la cercanía de Dios a la humanidad: “he visto la opresión de mi pueblo… he bajado a librarlo” (Ex 3, 13-15). Dios sale al paso de la historia humana, se revela como misericordia que actúa, y nos llama a colaborar con Él.
Tejer redes de solidaridad (puede ser en una ONG, o en una comunidad o grupo cristiano. O en nuestra forma de relacionarnos con la familia, los amigos...) nos conecta con la respuesta que Jesús da ante el dolor ajeno; nos ayuda a sostener a las personas, a sostenernos mutuamente. Y es así como podemos acercarnos a Dios, y podemos comprender algo de Él: involucrándonos en la misericordia. Vivir así nos ayuda a encontrar apoyo firme en El, y nuestra vida se puede volver experiencia de su amor, como oramos con el Salmo: “Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; Él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura” (Salmo 102).
Jesús nos invita a dar fruto (no es lo mismo que resultados.
El fruto, en el Evangelio, tiene que ver con las actitudes que vivimos). ¿Cómo puedo
cultivarlo yo?
Cercana la fiesta de s. José, podemos recordar unas palabras
de la carta Patris Corde, del papa
Francisco (n. 4)
“La vida espiritual de
José no nos muestra una vía que explica, sino una vía que acoge. Sólo a partir
de esta acogida, de esta reconciliación, podemos también intuir una historia más
grande, un significado más profundo (…) Sólo el Señor puede darnos la fuerza
para acoger la vida tal como es, para hacer sitio incluso a esa parte
contradictoria, inesperada y decepcionante de la existencia. (…) Entonces,
lejos de nosotros el pensar que creer significa encontrar soluciones fáciles
que consuelan. La fe que Cristo nos enseñó es, en cambio, la que vemos en san José,
que no buscó atajos, sino que afrontó “con los ojos
abiertos” lo que le acontecía, asumiendo la
responsabilidad en primera persona. La acogida de José nos invita a acoger a
los demás, sin exclusiones, tal como son, con preferencia por los débiles, porque
Dios elige lo que es débil (cf. 1 Co 1,27), es «padre de los huérfanos y
defensor de las viudas» (Sal 68,6) y nos ordena amar al extranjero…”
Lecturas de hoy (www.dominicos.org)
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